
Hace varios años que una amiga hoy lejana (en razones geográficas), me regaló la copia de un libro llamado "El infierno es un decir" del poeta Francisco Hernández. En ese tiempo no tenía las vivencias suficientes para comprender la intensidad de las palabras. Así que comparto parte de ese libro, por si acaso a alguien quisiera llenarse de lo que contiene.
La imagen pertenece a la obra "Las puertas del infierno" de Auguste Rodin.
................FRANCISCO HERNANDEZ
A CONTINUACION ..............................
"La locura siempre me ha seducido, porque la realidad es demasiado cruel"
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AMORTAJADOS
amor
taja
dos
EL NIÑO DE LA FOTOGRAFIA
para Omar Hernández
El niño de la fotografía, obligado a permanecer bajo esa luz que sabe no volverá a repetirse, adelanta el gesto huraño, esconde el sudor de sus manos y no ve al fotográfo que pretende revelarlo para fijarlo: lo que mira son peces que cruzan en el aire la plata de sus flancos en busca del anzuelo que cada uno trae en la boca.
El fotográfo ignora que el niño no ha dormido nunca, que al tratar de hacerlo le dicen que los sueños pertuban a los indefensos o que una mujer lo aguarda para limpiar su cuerpo con albahaca.
El niño piensa: estoy frente a un pelotón de fusilamiento.
El fotógrafo no piensa: dispara.
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PARA SOBRELLEVAR EL DESCONSUELO
El sol sale cuando mi madre despierta y los pájaros terminan de soñar cuando dice tres aves marías y una oración que sirve para sobrellevar el desconsuelo.
Baja del catre por un camisón de popelina y se dirige al pozo que está en lo profundo del patio.
Recoge su larga cabellera negra y la sujeta con una cinta, se sumerge hasta el cuello en la frescura y canta siempre la misma canción.
Después del baño se hace una corona de jazmines, fríe plátanos para el desayuno, sacude el esqueleto de mi padre, dibuja las ramas del chicozapote, pega botones y sube al tejado para evitar que el norte desprenda las floraciones de los mangos.
Cansada de estos trajines se acuesta en la hamaca, deja resbalar su cabellera por la espalda y se hace de noche.
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HECHO DE MEMORIA
Para
Jorge Esquinca
El poeta no duerme:
viaja por la cuerda del tiempo.
El poeta está hecho de memoria:
por eso lo deshace el olvido.
El poeta no descansa:
el tiempo lo desgasta
para probar que existe.
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PARA MATAR UN PÁJARO
Para matar un pájaro
toma unas tijeras tan grandes
como su envergadura.
No se las claves en el pecho.
ni tajes su garganta.
Corta sus alas.
La nostalgia del vuelo
hará que se arroje
por el desfiladero.
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HASTA QUE EL VERSO QUEDE
Quitar la carne, toda,
hasta que el verso quede
con la sonora oscuridad del hueso.
Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo
hasta que se convierta en aguja tan fina,
que atraviese la lengua sin dolencia
aunque la sangre obstruya la garganta.
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LUZ DE ACEITE
Toda puerta se abre cuando escribimos dormidos.
El sueño es la vida más pura que nos resta y es una luz de aceite
que se empluma para interponerse entre nuestra fatalidad y el agua.
Cuando despliega sus ojos majestuosos, dos filos le brotan en la espalda: si llueve, uno semeja incandescencias de voces maternales; si acompañados nos sorprende, el otro es una alegría súbita, como la flor imperfecta del relámpago.
Las caricias rasgan los toques del sueño más profundo.
No hay labio que no sueñe con el zarpazo de una lengua insomne.
Por eso amor y dolor se agrandan con la noche y todas las puertas se cierran cuando despertamos.
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LA ROPA DE LOS MUERTOS
¿Qué se hace con la ropa de los muertos?
¿Se rasga para no recordar la corpulencia que animaba sus tonos?
¿Se usa para borrar los ojos que se desprecian en la aurora?
¿ Se tira a la basura como un mapa que no sirvió para encontrar tesoros?
¿Se llena de aserrín para espantar el hambre de los pájaros?
¿Qué se hace con la ropa de los muertos?
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BAJO CERO
En los pensamientos del suicida hay un vacío que sólo se llena con temperaturas bajo cero. Los pensamientos del suicida no son rápidos ni brumosos: únicamente son fríos.
La mente no está en blanco: está congelada. Aparece, con filo de navaja, una sensación de tranquilidad que se presiente interminable.
Con el cerebro convertido en iceberg nada se recuerda. Ni la piel más querida, ni el nombre de los hijos, ni los abrasamientos de la poesía.
El suicida es la viva imagen de la soledad. Nadie acude a ese trozo de hielo que una bala cruza de polo a polo.
Aun en los trópicos, cuando alguien se suicida, comienza tristemente a nevar.
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La ficha del libro
EL INFIERNO ES un DECIR
ANTOLOGIA PERSONAL
Tercera serie
Lecturas Mexicanas
83
Consejo Nacional para la cultura y las artes
1993